Libertad religiosa: la Batalla Cultural que la Nueva Derecha debe dar
León XIV defendió la vida del no nacido y la izquierda declaró cerrada la discusión. La libertad religiosa es la batalla que la Nueva Derecha debe dar.

Pablo Tedesco
Analista en Tecnologías de la Información

«Quien todavía no ha nacido pertenece ya a la familia humana y al futuro de su pueblo»
León XIV lo dijo en la Plaza Independencia, ante unas 30.000 personas según el Vaticano. Según El Observador, Yamandú Orsi y los jerarcas del gabinete no aplaudieron ese pasaje. Pedro Bordaberry y Luis Lacalle Herrera sí.
La respuesta en redes fue inmediata: «una “vida por nacer” no es una vida, y esa discusión, por suerte, ya está saldada»; un Papa «no puede ser una figura de unidad»; y la pregunta de si vamos a recibir «a todos los jefes de Estado con semejante despliegue». La izquierda decreta lo que está cerrado y lo que es un exceso, y el que discrepa queda fuera del consenso.
El oficialismo no se comporta como si la discusión estuviera cerrada. El 30 de setiembre, Infobae informó que el gobierno de Orsi se había propuesto elevar de 12 a 14 semanas el plazo de la ley de 2012, y que la reforma se enfrió por la visita: legisladores del Frente Amplio dijeron que no era momento de «comprarle un problema» al gobierno, y los activistas coinciden en esperar a 2027. Una discusión saldada no se posterga por miedo a un problema. Fernando Pereira, presidente del Frente Amplio, reconoció que el Papa «tiene derecho» a pensar como piensa, y José Carlos Mahía llamó a su posición «lógica». Los números siguen ahí: 11.445 abortos en 2025 y 28.903 nacimientos.
Tampoco es cierto que el Papa no sea una figura de unidad. Orsi lo recibió con los líderes de casi todos los partidos. Unas 40.000 personas fueron a su misa en Paysandú, según las autoridades locales. Y la encuesta de Equipos Consultores que publicamos en setiembre decía que la opinión era favorable en todos los segmentos, incluidos los no creyentes. Uruguay no recibió al Papa con hostilidad. Lo hizo una parte de la militancia, que confunde laicidad con laicismo.
La laicidad es neutralidad: el Estado no impone la fe, no la prohíbe, no la incentiva ni la desincentiva. El laicismo quiere que la fe desaparezca del espacio público. El Papa mismo dijo que la laicidad del Estado debe garantizar un espacio para creyentes y no creyentes, sin encerrar lo religioso en lo privado. Lo que está en juego es la libertad religiosa: el derecho de una fe a hablar en lo público sin que le digan que su voz sobra.
Esa asimetría tiene explicación. Agustín Laje la plantea en el último capítulo de La batalla cultural: la izquierda asumió la cultura como centro del conflicto político y disputó el sentido de las palabras, mientras las distintas derechas rechazaron llamarse derecha y no dieron esa pelea. Quien dispone del significado de «saldado», «laico» y «unidad» decide cuándo termina una discusión. Su propuesta es articular libertarios, conservadores, patriotas y tradicionalistas en un «nosotros» común, una Nueva Derecha en la que cada corriente conserva lo propio. Deja afuera al centroderecha demoliberal, que aplaude pero no da la batalla.
Esa batalla la tiene que dar la Nueva Derecha. Laje lo anticipa en el mismo capítulo: lo que anuda la cadena no es una fe en común, sino causas compartidas, y entre las proactivas nombra la libertad religiosa, la libertad educativa y la familia. Un evangélico, un católico, un agnóstico y un ateo pueden formar parte del mismo «nosotros». Para Uruguay eso se traduce en tres tareas. La primera es defender la libertad de culto de todos, creyentes y no creyentes, porque quien no cree también tiene interés en que el Estado no decida qué se puede creer. La segunda es sostener un Estado neutral y no confesional, sin aceptar que neutralidad quiera decir hostilidad. La tercera es articular a conservadores, libertarios y patriotas sin integrismo: ni los religiosos piden un Estado confesional ni los libertarios exigen ateísmo.
Uruguay tiene esas corrientes, pero dispersas. Cabildo Abierto, el partido patriota, pasó de 11,46% a 2,61% entre 2019 y 2024. Los libertarios llegaron a 492 votos en las internas. Los conservadores religiosos están repartidos entre la coalición y Cabildo, y chocaron entre sí por la laicidad. Lo que sobra es votante: el que desconfía del Estado, el que defiende su fe sin imponerla y el que ama a su país sin ser estatista.
La Libertad Avanza es el instrumento. Habla a liberales, libertarios, conservadores y patriotas, y no lleva la palabra «republicano», porque el republicanismo es incompatible con el liberalismo. La prioridad debe ser esa: liberal primero, patriota después, conservador de valores como defensa de la libertad de culto y de la familia. Sin estatismo, que fue lo que hundió a Cabildo, y sin teorías conspirativas.
La libertad religiosa no es una causa de los creyentes: es la primera defensa de cualquiera contra un Estado que decide qué se puede creer y qué se puede decir. Ese es el frente que la Nueva Derecha debe tomar.

