El CED trajo a Malamud para atacar a Milei, Bukele, Trump y Bolsonaro
El politólogo argentino visitó Montevideo y repitió el relato de que la economía y la seguridad de Milei, Bukele y Bolsonaro no funcionan.

Pablo Tedesco
Analista en Tecnologías de la Información

Hay un patrón que se repite en Uruguay desde que el liberalismo dejó de ser una curiosidad filosófica para convertirse en una fuerza electoral real. La casta política —la misma que gobernó durante décadas con el Estado como herramienta— descubrió que ya no puede ignorar la ideología. Entonces optó por algo más conveniente: apropiársela. El resultado es una versión local del liberalismo vaciado, que sus impulsores llaman “libertad con conciencia social” y que tiene más de libertinaje que de liberalismo libertario.
El último episodio fue en el Centro de Estudios para el Desarrollo (CED), think tank que se presenta como referente del pensamiento liberal uruguayo. Para hablar de democracia y liberalismo, trajo a Andrés Malamud, politólogo argentino cuya tesis central es que los gobiernos de Javier Milei, Nayib Bukele, Jair Bolsonaro y Donald Trump representan una amenaza para la democracia liberal. Un think tank “liberal” que invita a un crítico sistemático de los únicos líderes liberales que están gobernando en la región no tiene un problema de agenda. Tiene un problema de identidad.
Gonzalo Nova, presidente de La Libertad Avanza Uruguay, respondió con datos. Sobre Argentina, Malamud repitió que “la macro no llega a la micro.” Nova señaló lo que Malamud ignoró: bajo Milei la pobreza cayó al 28,2% y el país registró la tasa de homicidios más baja de su historia, con 3,6 cada 100.000 habitantes. Sobre El Salvador, Malamud dijo que la economía “no funciona.” El Banco Mundial proyecta 4,5% de crecimiento y el país alcanzó 1,3 homicidios cada 100.000 — récord mundial. Sobre Bolsonaro, Malamud reprodujo la narrativa del “golpe” sin mencionar que el juez de la Suprema Corte de Brasil que lo persigue está siendo investigado en Estados Unidos por corrupción y le fue cancelada la visa. Y mientras criticaba a todos ellos, el conferencista pasó por alto un dato incómodo: Uruguay, el país que lo aplaudió, supera los 10 homicidios cada 100.000 habitantes. El triple que Argentina. Siete veces más que El Salvador.
El argumento más revelador no fue estadístico sino filosófico. El referente libertario argentino Hugo Villada identificó la trampa conceptual de Malamud: para este politólogo, el liberalismo exige respetar los derechos de la “minoría criminal.” Pero el liberalismo clásico se define por el respeto a tres principios fundamentales: vida, libertad y propiedad. Son exactamente esos tres principios los que los criminales violan. Encarcelarlos no es autoritarismo — es la aplicación más básica de la doctrina liberal. Villada señaló además una contradicción que Malamud no puede eludir: el año pasado, el propio politólogo había escrito que el liberalismo debe demostrar que puede reducir la delincuencia. Ahora critica a quienes lo lograron.
Pablo Tedesco, referente liberal de La Libertad Avanza Uruguay y director de SU Noticias, fue más directo en su diagnóstico: “El CED es un comité de propaganda y lobby socialdemócrata disfrazado de centro de estudios. Además, con solo ver a los expositores y ponentes, queda claro el vínculo con la casta política uruguaya.” La afirmación no es un juicio de valor aislado — es una descripción de patrón. Un espacio que se reivindica liberal y que sistemáticamente convoca a quienes atacan a los gobiernos liberales de la región no es un think tank plural. Es una estafa ideológica.
La reaparición de Luis Lacalle Pou como actor político y la oleada de figuras que en las últimas semanas empezaron a hablar de “libertad” sin renunciar al Estado, al gasto público ni al corporativismo, marca la línea de lo que viene. La casta no va a debatir ideas — va a intentar apropiarse del lenguaje para confundir al electorado. El CED y Malamud son la versión académica del mismo movimiento: disfrazar el statu quo con vocabulario liberal para neutralizar a quienes sí lo practican.
Trajeron a un militante y lo llamaron analista. Vendieron libertinaje y lo llamaron liberalismo. La diferencia importa — y los datos la explican mejor que cualquier think tank.

