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Estado

Socialismo, comunismo, fascismo: el colapso ideológico que la izquierda no quiere aceptar

Pablo Tedesco

Pablo Tedesco

Analista en Tecnologías de la Información

7 de octubre de 2026 · 4 min de lectura

Socialismo, comunismo, fascismo: el colapso ideológico que la izquierda no quiere aceptar
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Hay una explicación que la izquierda repite cada vez que pierde una elección importante: “el péndulo”. La política oscila, dicen, y lo que hoy es derrota mañana es recuperación. Es una teoría cómoda porque no exige autocrítica, no obliga a revisar nada y convierte cada fracaso en una espera. El problema es que el péndulo lleva años yendo en una sola dirección.

Trump en 2016. Bolsonaro en 2019. Milei en 2023. Trump otra vez en 2024, con más votos que la primera vez. Meloni en Italia. El Partido de la Libertad en los Países Bajos. La AfD avanzando en Alemania. Y ahora Flávio Bolsonaro liderando la primera vuelta en Brasil con más de diez puntos sobre Lula, con mayorías en el Senado y el Parlamento, a un paso de la presidencia. Esto no es un péndulo. Es una tendencia.

La izquierda intelectual buscó refugio en otro argumento: las encuestas. “Los modelos no miden bien estos fenómenos”, repiten los analistas progresistas después de cada resultado que no esperaban. Puede ser. Pero cuando la falla sistemática de las encuestas va siempre en la misma dirección, cuando subestiman al voto liberal de manera consistente en Argentina, en Brasil, en Europa, en Estados Unidos, la explicación ya no es técnica. Es política. Hay un voto que no se declara, que no responde bien las encuestas, porque sabe que decir lo que piensa tiene un costo social. Eso también es una derrota de la izquierda: la hegemonía cultural que construyó durante décadas produjo un silencio que confundió con consenso.

Lo que la izquierda no termina de procesar es que esta ola no es electoral. Es intelectual. La batalla cultural que Milei describió en sus primeros discursos, que Agustín Laje y Nicolás Márquez llevan años librando en libros, conferencias y redes, que Axel Kaiser instaló en Chile, que Juan Ramón Rallo sostiene con rigor académico en España, que referentes como Miguel Ángel Baxtos llevan al debate cotidiano, no nació en las urnas. Nació en las ideas. Y las ideas viajan más rápido que los partidos.

La generación que hoy vota en Brasil, en Argentina, en Uruguay no creció con el relato del socialismo triunfante. Creció con Venezuela. Con Cuba. Con la Argentina kirchnerista que prometió distribución y entregó inflación. Con los gobiernos progresistas que expandieron el Estado, aumentaron el gasto, multiplicaron las regulaciones y dejaron a sus ciudadanos más pobres, menos libres y más desconfiados de las instituciones que heredaron. El fracaso no es anecdótico: es sistemático. Y la nueva derecha lo documenta, lo nombra y lo lleva a donde la gente vive: las redes sociales, los podcasts, los canales de YouTube que tienen más audiencia que los noticieros tradicionales.

En Brasil, el resultado de Renan Santos confirma esa lectura. El cofundador del Movimiento Brasil Libre, que representaba a la nueva derecha libertaria de la Generación Z, obtuvo apenas 2,47% cuando las encuestas le daban entre 7 y 8 puntos. Sus votos no se perdieron: fueron directo a Bolsonaro. La derecha no se fragmentó. Se consolidó. El votante joven, el mismo que los analistas de izquierda identificaban como potencialmente recuperable, eligió sin dudarlo al candidato más fuerte del bloque liberal.

Algunos en la izquierda lo saben. Lo dicen en voz baja, entre ellos, en los espacios donde todavía se puede hablar con honestidad. Saben que sus argumentos no resisten el escrutinio, que el Estado no produce riqueza, que la redistribución sin producción termina siempre igual, que la libertad individual no es un capricho burgués sino la condición de cualquier progreso real. Lo saben y se niegan a decirlo públicamente porque aceptarlo implicaría demoler el edificio ideológico en el que viven.

La batalla de las ideas la está peleando, con datos, con historia y con argumentos, una sola parte. La otra prefiere esperar que el péndulo vuelva.

No hay péndulo. Hay un colapso de ideas que ya no funcionan y una generación que lo vio de cerca. La izquierda puede seguir buscando explicaciones técnicas. O puede empezar a escuchar lo que el mundo lleva años diciéndole.

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